Terrazas cubiertas


Una de las infracciones urbanísticas más corrientes y menos perseguida de este país, consiste en cubrir las terrazas. Al hacerlo aumentamos la superficie edificada, incumpliendo las normas de edificabilidad de la zona y alteramos la fachada de un edificio, para lo que hay que tener permiso tanto de la comunidad de vecinos, como del Ayuntamiento. Basta que nos demos un corto paseo por zonas con edificios construidos por los años 70 para que observemos que, en uno u otro piso, se ha cubierto la terraza. en la mayoría de los edificios.

Existen dos poderosas razones parar hacerlo, el ambiente ciudadano no es adecuado para el disfrute de una terraza y las viviendas son normalmente lo suficientemente pequeñas para no podernos permitir el lujo de despilfarrar unos metros de superficie.

En una ciudad llena de ruidos y contaminación, y más aún si como ocurre en casi toda la meseta, existe un clima extremado, que solo durante escaso el tiempo permite disfrutar cómodamente del aire libre, resulta poco práctica una terraza a pocos metros del pavimento y orientada de cualquier forma.

Igualmente resulta un despilfarro no razonable, mantener unos metros sin uso, en viviendas de escasas dimensiones. Ello hacen, que en aquellas viviendas que conservan las terrazas, con frecuencia, en lugar de ser los miradores llenos de plantas, que quizá soñaron sus arquitectos, sean en realidad trasteros al aire libre, donde se acumulan los mas variados enseres, junto a las tradicionales bombonas naranja del butano.

Las “terrazas corridas”, largas terrazas de anchura no superior a la de un pasillo tienen un padre espiritual, el arquitecto Gutierraz Soto, y uno de los poco arquitectos que ha tenido el dudoso honor de estar en la voz del pueblo . «Cual son las tres cosas más cursis de Madrid. – Coto, Loto y Gutierrez Soto». Diseñador las casas de pisos para la burguesía acomodada de posguerra española, pobló las fachadas de sus múltiples obras con terrazas corridas. Desde sus emblemáticos edificios, este elemento arquitectónico se extendió como una plaga a viviendas de cualquier ciudad y para cualquier clase social. Así, lo mismo en emperifolladas mansiones burguesas o en las modestas viviendas sociales de los años 70, vemos que la “terraza corrida” no falta en la fachada principal.

Solo el paso del tiempo y el tenaz empeño desplegado por la gente de cubrir las terrazas, llevaron a promotores y arquitectos, al convencimiento de que aquello era un error y poco a poco, dejaron de colocarlas en las nuevas edificaciones. Pero el daño ya estaba hecho, al cubrir las terrazas, la gente eliminó de la fachada, el único elemento diseñado por el arquitecto para romper el plano de la fachada, transformando el primitivo diseño de la vivienda, interrumpido con los huecos y sombras de las terrazas, en sólidos mazacotes de cara plana.

Por otra parte, la absoluta anarquía con que se llevó a cabo el acristalado de las terrazas, dio lugar a que las casas de viviendas se transformaran en completos muestrarios de cerramientos de aluminio, dando a los barrios dormitorio un anárquico, sucio y arrabalesco aspecto, que dan el mejor ejemplo para quien desee argumentar en contra de la arquitectura popular.

Deshacer el entuerto será difícil, se haga lo que se haga, el diseño original de las fachadas han quedado gravemente heridos y en la mayoría de los casos solo un nuevo diseño de toda la fachada podría solucionar el problema. No obstante si al menos se consiguiera que el cerramiento fuera uniforma para todas las terrazas de una fachada podría disminuir la fealdad de las mismas, pero el coste es alto y quizá no esté justificado hacerlo solamente por motivos estéticos, así que muy probablemente, padeceremos de este mal durante lustros.

Últimamente los arquitectos han dado en sustituir las terraza corridas en las fachadas por otra solución, a mi gusto igualmente fea, adosar a la fachada unos miradores como cajas de cristal y aluminio color bronce. Moda que espero desaparezca pronto, gracias a las nuevas y más estrictas normas de aislamiento de edificios, pues los “confesionarios adosados”, a parte de que me parezcan personalmente especialmente feos, deben actuar como fatales sumideros de calor de las viviendas, permitiendo la fuga a la calle de una buena parte de la calorías de la calefacción.

En fin, son modas que imponen los “artistas” del ladrillo.

Fotografia tomada de QDQ


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