Si el vivir entre cemento crea la necesidad sicológica del contacto periódico con la naturaleza, el anonimato con que te cubre la gran ciudad, despierta en muchos la necesidad de volver allí donde hasta las piedras te conocen, al pueblo de tus ancestros. A la búsqueda tus raíces entre “lo auténtico”, a la vida rural, sencilla y sin complicaciones, lejos del “strees”, según la idealizada visión que el hombre de ciudad tiene de la vida rural.

Como vimos en el capítulo anterior, dedicado al el turismo dominguero, no se busca la naturaleza tal cual es, sino un sucedáneo edulcorado y “civilizado”, en este caso tambíen “lo auténtico” según lo entiende el urbanita, es una versión idealizada y pastoril de la auténtica y dura vida rural. En esa visión, el trillo no esta manchado de sudor y moscas sino que se que exhibe encerado y del revés como mesa de salón, mostrando sus áperas lascas de piedra debajo de un pulido cristal y el candil deja de llevar el mugriento y requemado aceite de freir, para transformarse en el brillante soporte colocado en un rellano de la escalera de una bombilla eléctrica de luz temblona que simula ser una llama.

Puestas así las cosas, las viejas casas de pueblo dan lugar al negocio, no de reforma, sino más bien de decoración de las viviendas. Pasaron los tiempos en los que el emigrado del centro de Castilla a los talleres de Bilbao, se mandaba construir en su pueblo, una casita de aspecto tirolés, hoy la mayoría se decanta por lo “autoctono”, y así se “recuperan” hasta la saciedad paredes de piedra, descarnándolas de la cal que las cubría, aunque siempre estuvieron enfoscadas, pues tradicionalmente se ocultaban las piedras irregulares bajo el enfoscado y solo en las escasas paredes hechas de sillería labrada se mostraba la piedra, excepto en las edificaciones utilitarias de baja representatividad, como cuadras y pajares donde no se gastaba en lujos innecesarios. Resulta curioso ver hoy, que hasta en sitios de la máxima consderación como el interior de las iglesias, salen a relucir toscas piedras que nunca antes habían visto la luz.

Lo cierto es que hoy la gente quiere que se vea lo que consideran “auténtico”, sean piedras o vigas, pero a la vez, desean hacerlo compatible con un confort moderno, lo que obliga a ampliar tanto los ventanucvos como la altura de las puertas o transformar en cuartos de baño las antiguas cuadras, aunque conservando el pesebre para instalar el lavabo. En fin, que más que reconstruir la arquitectura popular, lo que se desea es que montamos un decorado, que a juzgar de su veracidad histórica, es mas digno de una superprodución de Hollywood, que de una página de la historia etnográfica. .

Sin embargo este trabajo no puede encomendar a una cuadrilla de albañiles ecuatorianos a las órdenes de un contratista rumano, pues están faltos de “la sensibilidad y gusto local”, sino que necesitan de un “experto” del lugar. Es aquí donde aparece la oportunidad de negocio para el pequeño constructor. Está la posibilidad de organizar una “oficina técnica” que ofrezca serviciox mistoa de decoración y construcción, que dirija y controle los múltiples artesanos necesarios para “reparar y restaurar” las viejas casonas de pueblo, y transformarlas en viviendas unifamiliar para el que emigró del pueblo o para uno de los cientos de casas rurales, mesones típicos y otras edificaciones “etnicas” que comienzan a superpoblar la geografía española.

El problema será conseguir un equipo eficiente y preparado a partir de los pocos artesanos locales que van quedando, pues muchos de estos trabajos necesitarán de expertos albañiles, pintores, herreros, carpinteros, y otros, que sean maestros en técnicas hoy abandonadas y perdidas, pues el aprendizaje del oficio murió el día que el aprendiz abandonó el taller para formarse en los bancos de la escuela.

Hoy encontramos sin mucho esfuerzo, peones de albañil, fuertes y voluntariosos venidos de lejanos países, pero si la menor idea del oficio, pues en sus países de origen, no eran del gremio, sino mayoritariamente agricultores, aunque no falten los oficinistas o ex militares. Un corto viaje en patera, puede hacer cambiar de trabajo a una persona, pero no le permite adquirir por ensalmo un oficio artesano quer necesita años de aprendizaje.

Así pues, quizá sea necesario ir a Ecuador, Guatemala, África, o los países del sur de la Europa excomunista, como Montenegro, Bosnia, Albania o Rumanía a convencer a los herreros, carpinteros, canteros o maestros de albañilería, para que se vengan aquí con los papeles en regla y por lo legal, con sus herramientas, a montar un y taller, para crear entre todos una cooperativa dedicada a la “restauración” de viviendas, puesa la gente de oficio, trabajo y buenos sueldos no les van a faltar.

Por contra la casa del pueblo no creo que de lugar a negocio para los grandes, este es un asunto de artesanía y de construcción a medida, donde se mueve como pez en el agua el artesano, pero no el acostumbrado a la fabricación masiva.

Este articulo correponde a la serie Segunda Vivienda del que se han editado los siguientes post

Donde y porqué se compra la gente la segunda vivienda
El turismo Dominguero